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El primer Visionario Editar

Hubo una vez un dragón llamado Sabarat, que se enamoró de las lunas. Tanto las amaba que pasaba las noches despierto, contemplándolas en el cielo estrellado. Conocía de memoria sus tonos, sus luces y sus sombras. Las veía crecer y descrecer noche tras noche, y cuando las tres estaban llenas, su corazón estallaba de alegría.Una Noche Negra, como  no podía contemplarlas, se puso a pensar sobre ellas. Se le ocurrió que los dioses eran muy afortunados por habitar en Erea, y se preguntó si algún día podría acompañarlos.Cuando expresó su deseo de volar hasta las lunas, los otros Dragones le reprocharon su actitud. Le recomendaron que olvidara aquella locura; que la obligación de los dragones era luchar contra las serpientes para proteger a los hijos de los Seis; que quizás un dios regresaría para ayudarlos en aquella guerra, pero que no debía ir a su encuentro, porque si lo hacía, jamás regresaría. Sin embargo, Sabarat no quiso renunciar a sus sueños y anunció que partiría hacia Erea para ver a los dioses. Sus compañeros creyeron que había perdido el juicio y trataron de disuadirlo, pero no lo consiguieron. Y así, una noche en la que las tres lunas brillaban llenas, alzó el vuelo y se elevó hacia ellas.

Voló hasta que el primer amanecer clareó el horizonte; cuando los tres soles se elevaron en el cielo, las lunas desaparecieron. Pero Sabarat siguió volando hacia ellas, porque sabía que estaban allí, aunque no pudiese verlas.

Los dioses lo vieron llegar y trataron de detenerlo: el aire se volvió tenue y helado, y pese a ello Sabarat seguía subiendo y subiendo. Cuando los soles se pusieron por el horizonte y se llevaron a su fuego con ellos, las lunas volvieron a presidir el cielo nocturno. Ahora estaban más cerca que nunca, y se mostraban más grandes y hermosas que nunca.

Pero Sabarat no pudo alcanzarlas. Le fallaron las fuerzas, y agotado, cerró los ojos y empezó a caer.

En Erea, los dioses no se ponían de acuerdo. Unos querían premiar su constancia, y otros castigar su atrevimiento. <<Haremos las dos cosas>>, dijo Irial con una enigmática sonrisa.

Sabarat despertó de nuevo sobre la superficie de Awinor, ileso. Los dioses lo habían salvado, pero le habían otorgado un tercer ojo sobre los otros dos, y con él podía ver los acontecimientos del pasado, del presente y del porvenir.

Relató su viaje a los otros dragones, y ellos vieron su tercer ojo y creyeron que había sido tocado por los dioses. Y lo honraron y respetaron como a un gran sabio, y escucharon sus palabras. Pero aquel ojo fue a la vez un don y una maldición para Sabarat. Porque las imágenes acudían a su mente sin control, y no tenía tiempo para detenerlas, y tampoco para cambiar las tragedias que iban a suceder. Por esa razón lo llamaron el Visionario: porque se limitaba a ver.

Siglos más tarde, cuando Sabarat murió, eclosionaron los huevos de una nidada, y una tenía un tercer ojo en la frente. Y desde entonces siempre ha habido un Visionario, pues cuando muere uno, nace el siguiente, continuando la estirpe de dragones sabios que ha regido los destinos de Awinor desde entonces.

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